2019 · 06 · 24

Fotorreportaje: Vivir como refugiada/o palestina/o en Líbano

En 1948, unas 750.000 personas palestinas fueron obligadas a abandonar su patria en lo que se conoce como Nakba (la catástrofe).

Dos niños sonríen para la cámara en el campo de refugiados/as de Shatila.

En 1948, unas 750.000 personas palestinas fueron obligadas a abandonar su patria en lo que se conoce como Nakba (la catástrofe). Como resultado, miles de familias palestinas abandonaron sus hogares por lo que les prometieron que serían sólo unas pocas semanas, buscando refugio en los países vecinos. Con sus llaves en la mano, no sabían que esa sería la última vez que verían sus casas.

Hoy, más de 70 años después, hay por lo menos cinco millones de personas refugiadas palestinas registradas en la ONU, que viven en los territorios palestinos ocupados y en campos de refugiados/as en países vecinos. Unas 450.000 residen en el Líbano, y muchas de ellas viven en los 12 campos de refugiados/as que existen en el país.

MEMO visitó cuatro de los campos de refugiados/as del Líbano para ver cómo es la vida de la población palestina desplazada: Burj El-Barajneh, Shatila, Nahr Al-Bared y Mar Elias.

Burj El-Barajneh

El campo de Burj El-Barajneh se estableció en 1948 para acoger a las y los refugiados que huían de Galilea, en el norte de Palestina. Según la Agencia de Ayuda y Socorro de Naciones Unidas para las y los Refugiados de Palestina (UNRWA), es actualmente el campamento más superpoblado cerca de la capital libanesa, Beirut. Burj El-Barajneh tiene siete escuelas, un centro de salud y más de 17.945 residentes registrados/as que viven en condiciones extremadamente difíciles. El campo también sufrió mucho durante la guerra civil libanesa de los años 1970s y 1980s, que provocó daños materiales y decenas de personas desplazadas una vez más.

Una caótica jungla de cables se entreteje sobre las calles; los lugareños expresaron su desesperación por los continuos problemas causados por este cableado peligroso y colgante, que se ha cobrado docenas de vidas.

En las estrechas calles de Burj El-Barajneh cuelgan capas caóticas de cables eléctricos, muchos de los cuales están entrelazados con tuberías de agua.

Dos niñas juegan en los callejones de Burj El-Barajneh

Niñas caminan de la mano por las calles del campo.

El periplo comenzó en 1948

Algunas integrantes veteranas de Envejecer en Actividad, un centro de apoyo para personas mayores, vivieron la Nakba; muchas de ellas todavía conservan las llaves de sus casas en la Palestina histórica.

Mariam Mahmoud, de 70 años, cariñosamente conocida como Um Zahir, nació en la aldea de Safsaaf, al noroeste de Safad.

"Nací en 1948, el año de la Nakba. Mi madre tuvo muchos hijos e hijas, éramos la típica gran familia palestina. Cuando comenzaron los combates en Palestina, le dijeron a mi familia que se fuera por una semana, y que luego podríamos volver cuando se aplacaran. Obviamente yo sólo tenía unos meses, iba envuelta en una manta. Debido a la cantidad de hijos que tenía mi madre, cuando llegamos a la frontera de Palestina con el Líbano, mi madre tuvo que dejarme bajo un olivo para cargar a algunos de sus hijos y luego regresar por mí”.

“Así que mi mamá regresó por mí y entramos al Líbano. Se suponía que sólo iba a ser una semana, y mi familia lo encontró muy difícil. La ONU nos dio tiendas de campaña y las colocamos en la tierra (turaab), entre las piedras, hasta que pudiéramos volver a casa como nos habían prometido. Vivimos en esa situación y la ONU nos dio alimentos, principalmente lentejas, arroz y azúcar.”

“El tiempo pasó mientras esperábamos en esas tiendas, hasta que poco a poco empezamos a construir nuestro alojamiento con cemento. No teníamos electricidad, los baños estaban a una larga distancia y eran comunales. Comenzamos a dispersarnos en numerosos campos de refugiados en el Líbano. Pero, por supuesto, no somos felices viviendo en estas condiciones. Nuestra vida es inestable, no estamos asentadas aquí, incluso después de todo este tiempo; no es como vivir en tu propia casa. Como palestinas nos sentimos frustradas por nuestra difícil situación como refugiadas. Como pueblo todavía recordamos la vida en Palestina, con su tierra fértil, sus olivos…. lo recordamos todo”.

Sentada en un sitio de descanso tradicional palestino, Mariam habla con MEMO sobre su amor por su tierra natal:

“Estoy lista para volver a mi casa en Palestina, si pudiera. Incluso si mi casa ya no estuviera allí, viviría solo de la tierra. Al menos volveríamos con nuestra dignidad. Sí, nuestros hijos han sido educados y viven en este país [Líbano] y en el extranjero, pero ¿significa eso que olvidarán su identidad palestina? Aunque hayan adquirido otras nacionalidades, vivan bien y tengan una vida feliz en otro lugar, si alguien les dijera que pueden volver a Palestina, lo dejarían todo y se irían. Nunca olvidarán quiénes son y de dónde vienen”.

“Había muy pocas oportunidades de trabajar para la población palestina en este país. Yo aprendí a coser bordados palestinos, que es una gran parte de nuestra cultura. También enseñé esto a mis hijas, para que se beneficien de su legado; solíamos coser a la luz de las velas, para poder ganar algo de dinero con nuestra artesanía. Hemos preservado estas tradiciones porque son parte de nuestra identidad, y todavía atesoramos nuestra herencia palestina. Israel ha intentado robarnos nuestra cultura, pero nos aferramos a ella con fuerza. Esta es nuestra cultura, nadie puede quitárnosla”.

UNRWA ha asumido la tarea de la educación

Archivo de UNRWA sin fecha. Fotógrafo desconocido.

En una visita a la oficina de UNRWA en el Líbano, MEMO vio imágenes de archivo de la agencia que documentan el periplo de las y los refugiados desde Palestina al Líbano.

“Esta imagen muestra las primeras clases de jardín de infantes en el campamento de Dekwaneh, al norte de Beirut, Líbano. Dekwaneh fue arrasado después de intensos combates durante el verano de 1976, y fue uno de los tres campos de refugiados que se encontraron en el centro de los combates durante la guerra civil libanesa. Las personas sobrevivientes se encuentran ahora en el campamento de Dbayeh, al este de Beirut, o han sido dispersadas a otras partes del país, encontrando refugio temporal lo mejor que pueden”. UNRWA

©1983 UNRWA. Foto de Munir Naser

“Los edificios rotos y los montones de escombros son un recordatorio constante de los acontecimientos en el sur del Líbano durante el verano de 1982, cuando Israel invadió el país. Las cosas finalmente empezaron a volver a la normalidad, las escuelas volvieron a abrir y los niños y niñas reanudaron sus estudios”. UNRWA

El pueblo palestino se enorgullece del inalterable valor que le da a la educación, a pesar de haber sido desplazado y sometido a numerosas guerras.

Hayat Salih, profesora de árabe en una de las escuelas de UNRWA en Burj El-Barajneh, explicó a MEMO:

“Nuestra atención y enfoque están siempre en la educación, porque para nosotras es nuestra base. Para las y los palestinos, la educación lo es todo, es indispensable. Para nuestros hijos y nuestro pueblo, es la única forma de vivir y permanecer firmes”.

Actualmente hay siete escuelas en Burj El-Barajneh, pero debido al gran número de personas que viven allí, el espacio es insuficiente para atender a toda la población estudiantil. La Escuela Secundaria Galilea y la Escuela Preparatoria Haifa de UNRWA están situadas una al lado de la otra, justo en las afueras del campo.

“#DignityIsPriceless”

Portón en la entrada a la Escuela Secundaria “Galilea”.

“#DignityIsPriceless” (La Dignidad no tiene precio): un sticker de la campaña de UNRWA pegado a la pared en la entrada de la Escuela Preparatoria Haifa. La campaña mundial de recaudación de fondos se lanzó poco después de que Estados Unidos anunciara el año pasado que retiraría toda la ayuda financiera a la agencia de la ONU.

Souad Srej, Directora de la Escuela Preparatoria Haifa.

La Escuela Preparatoria Haifa está integrada por 664 estudiantes de diferentes campos de refugiados/as, en particular de Shatila, Burj El-Barajneh y Mar Elias, así como de otras zonas de los alrededores. Sus estudiantes son refugiadas/os palestinas/os de Líbano y Siria.

Souad Srej, Directora de la Escuela Preparatoria Haifa, dijo a MEMO:

“Esperamos que se supere la crisis económica de UNRWA. El mayor obstáculo para nosotras es que si los estudiantes no vienen aquí, estarán en las calles. Si quieren ir a las escuelas libanesas, es imposible porque sólo aceptan un pequeño número de refugiadas/os. Si quieren ir a una escuela privada, es muy costosa y no podrán pagarla. Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer? ¿Dejar que se queden en la calle? Nos prometimos que aunque no tuviéramos el dinero de UNRWA, seguiríamos abriendo la escuela y manteniéndola en funcionamiento. Incluso si no recibimos nuestros salarios, tenemos que seguir dándoles clase con lo que tenemos. Cuando trabajamos con estos estudiantes, niños y niñas, estamos construyendo sus personalidades. No queremos que se vean afectadas por esta situación, así que tenemos que darles esperanza”.

Cuando se le preguntó sobre sus esperanzas para el futuro, la alumna de 12 años Mariam, que estudia en la Escuela Preparatoria Haifa, dijo:

“Mi sueño es ser abogada para poder defender a los oprimidos”.

Amar, un estudiante de 16 años de la Escuela Secundaria Galilea, que fue elegido para dirigir el Parlamento de la Juventud en representación de Beirut, explicó:

“Quiero ser dentista, pero hay muchos obstáculos. Uno de los problemas a los que me enfrento es que vivo muy lejos de la escuela y mis padres no pueden pagar para que tome el autobús, así que tengo que caminar. Nuestra esperanza es que UNRWA pueda continuar lo que está haciendo, en particular proporcionándonos educación; la educación es lo que nos abre oportunidades de futuro”.

Hayat Salih ha estado enseñando árabe en la Escuela Preparatoria Haifa durante 13 años.

“Las condiciones en los campos no son para que seres humanos vivan en ellos. Están tan abarrotados de casas contiguas que los niños y niñas ni siquiera pueden respirar; y si salen de los campos y van a la calle, es demasiado peligroso y serán engañados. Los alumnos y alumnas que vienen a nuestra escuela vienen de estas condiciones, de estos campos; siempre están preocupados, siempre temerosas por su futuro. Cuando les preguntas qué quieren ser en el futuro, dicen: “No lo sé”, como si la idea les abrumara. Por eso tratamos de darles esperanza, para que tengan el impulso de convertirse en médicas, ingenieros o lo que quieran ser”.

Hoda Souaiby, asesora principal de medios y comunicaciones de UNRWA, dijo a MEMO:

“La UNRWA se creó como organismo humanitario para atender las necesidades de la población refugiada palestina hasta que se encuentre una solución justa al problema. La UNRWA no desaparecerá hasta entonces.”

“Cuando abrimos nuestras escuelas el pasado 1° de septiembre, todo el mundo sabía que sólo teníamos recursos suficientes para un mes, para gestionar toda la agencia en cinco campos. Estábamos en la incertidumbre, no supimos hasta finales de agosto si las escuelas abrirían o no”.

“232 km hacia Jerusalén” en el patio de la Escuela Galilea.

Mural del “Retorno” en el patio de la Escuela Galilea.

Un cartel que dice: “232 km hacia Jerusalén” y un mural del “Retorno” en el patio de la escuela secundaria Galilea son sólo algunos de los numerosos murales que representan símbolos de Palestina. La población palestina refugiada sigue aferrada a su derecho al retorno.

UNRWA es el principal proveedor de servicios de salud en el campo

Niños pequeños sentados con su madre en la sala de espera de una clínica de la UNRWA

El Dr. Nasr, médico en una clínica de atención primaria de salud de la UNRWA.

El Dr. Nasr explicó a MEMO: “Aquí en Líbano y especialmente en Beirut, las facturas de hospitalización son muy caras. Muy altas. Uno de nuestros principales retos es que hay demasiados pacientes. Hay dos médicos aquí en el equipo de salud familiar. Cada médico atiende una media de 90 pacientes al día. Cada paciente tiene entre tres y cuatro minutos por cita”.

Hoda Souaiby se hizo eco de las preocupaciones del Dr. Nasr:

“El problema de la hospitalización es tal que, especialmente en los casos de atención médica sofisticada, UNRWA no puede pagar el costo total del hospital. Nuestra cobertura es del 40 al 60%. Pero el problema es que la diferencia es enorme. A veces la diferencia es de 30.000, 40.000 dólares, y no hay manera de que la gente pague estas sumas de dinero. Los referimos a otras ONG y proveedores para que cubran el costo restante. Aún así, a veces no logran asegurar la cantidad total, por lo que deciden no someterse a la cirugía. Esta es la situación incluso en casos extremos de cirugía neurológica, trasplantes de corazón u órganos… es realmente muy, muy difícil”.

“Huimos en 1948 y todavía nos persiguen las guerras y los problemas”

Una anciana residente de Burj El-Barajneh nos detuvo para decir unas palabras:

“El pueblo palestino huyó de sus tierras en 1948. Nuestros hijos e hijas han crecido aprendiendo en las escuelas de la UNRWA y han estudiado para convertirse en ingenieros, médicas y abogadas. Inicialmente se les recibe bien en las solicitudes de trabajo, hasta que sacan su carné de identidad palestino. Entonces se disculpan y dicen ‘Lo siento, no podemos contratarte’. ¿Por qué?”

“No tenemos el mismo nivel de educación que el resto del mundo. El estado de los campos de refugiados es increíblemente malo; ni siquiera tenemos electricidad. Nuestra agua es tan salada que básicamente te lavas la cara con agua de mar. ¿Qué puedo decir del pueblo palestino? Hemos sufrido mucho. Huimos en 1948 y hasta hoy nos persiguen guerras y problemas. Todo lo que queremos es proveer a nuestros hijos y darles algún tipo de futuro”.

Un mural in Burj El-Barajneh

Shatila

El campo de refugiados de Shatila fue establecido en 1949 para acoger el éxodo de refugiados/as palestinos/as de Amka, Majed Al-Kroum y Al-Yajour -tres aldeas en el norte de la Palestina histórica- después de la Nakba. Hay dos escuelas y un centro de salud para 9.842 personas registradas que viven allí. El campo quedó devastado durante la invasión israelí de 1982, y frecuentemente fue blanco de ataques durante la guerra civil libanesa.

Cuando las primeras personas refugiadas llegaron en 1948, se instalaron varias tiendas de campaña una al lado de la otra como alojamiento temporal. Más de 70 años después, callejones estrechos se entrelazan dentro y fuera de los desorganizados y estrechos edificios, que se fueron construyendo gradualmente a lo largo de los años. La gran mayoría de los apartamentos reciben muy poca luz natural y aire, y el poco espacio entre los edificios contiguos crea un entorno claustrofóbico.

Un laberinto caótico de alambres y sábanas cuelga sobre las estrechas calles de Shatila.

Los campos fueron construidos originalmente de manera improvisada para uso temporal; décadas después, están sufriendo el paso del tiempo.

Al igual que Burj El-Barajneh, Shatila también está superpoblado y tiene cables enredados que serpentean por todo el campamento. Las condiciones de vida son extremadamente difíciles, y los cimientos de muchos edificios son peligrosamente inestables. Los campos de refugiados fueron construidos originalmente de manera improvisada para uso temporal y ahora, décadas después, están sufriendo el paso del tiempo.

La masacre de Sabra y Shatila sigue atormentando a sus habitantes

Car

teles conmemorativos de la masacre de Sabra y Shatila en el cementerio.

El cementerio de la masacre de Sabra y Shatila. Cientos de cuerpos están enterrados en una fosa común, sin las marcas adecuadas.

En 1982 el campo fue escenario de la masacre de Sabra y Shatila, llevada a cabo por las milicias libanesas de la Falange y supervisada por las fuerzas armadas israelíes, en la que murieron cientos de hombres, mujeres, niñas y niños. MEMO visitó el cementerio de la masacre de Sabra y Shatila, donde cientos de cuerpos fueron apilados y enterrados en una fosa común, sin las marcas adecuadas. Situado detrás de una bulliciosa carretera principal, lo que a primera vista parecía ser un estacionamiento vacío era, de hecho, la fosa común.

Mahmoud mostrando un poster del campo de Shatila en 1988.

Mahmoud M. Abbas, conocido como Abu Moujahed, es el director del Centro Infantil y Juvenil de Shatila. Le habló a MEMO sobre los dolorosos recuerdos que todavía guarda de la masacre:

“Si tengo que recordar, yo venía de Burj El-Barajneh a Shatila esa noche cuando vi que había bengalas de luz volando sobre el campamento, que venían del mar. Era la primera vez que las veíamos, y la potencia de la luz convertía la noche en día. Fueron las fuerzas israelíes las que iluminaron el camino de los asesinos, porque no había electricidad y estaba muy oscuro”.

“Cuando entramos en el campamento, superó incluso nuestros peores temores. Ver a los muertos uno encima del otro: niños, mujeres, hombres, jóvenes, viejos, incluso animales, todos asesinados con pistolas, cuchillos, espadas, hachas. Tengo que decir que, personalmente, me molestó sobre todo el olor; el tiempo era muy caluroso y hacía que hasta la piel más blanca se volviera de color azul oscuro. Cuando llevamos los cuerpos al cementerio, había tantos que tuvimos que dividirlos en montones de mujeres, niños y hombres. Hay personas cuyos cuerpos, incluso hasta ahora, aún no han sido encontrados. No estaba enojado, no estaba triste: estaba asombrado por la gente que se golpeaba a sí misma, que perdía el conocimiento o que rasgaba su ropa. ¿Por qué? Estamos en guerra, eso es lo que esperaba de Israel. Sólo más tarde me di cuenta de que estaba traumatizado”.

“Como palestino, no sé de qué masacre hablar o por cuál llorar. La gente habla de Deir Yassin [durante la Nakba] porque los medios de comunicación llegaron allí. ¿Pero qué hay de Tantura? ¿Qué hay de Houla en el Líbano? ¿Qué hay de Tel Al-Za’atar? ¡3.000 en un día! ¿Qué hay de la situación de Nahr Al-Bared? ¿Qué hay de Nabatiya? ¿Cuántas masacres tenemos que mencionar? ¿Qué hay de Jenin? ¿Qué hay de Gaza? ¿Qué hay de Yarmouk [en Siria]? Soy palestino y todas estas masacres son de gente palestina”.

“No estoy tratando de contar una historia triste. No estoy rogando a la gente que sienta simpatía por nosotros. No necesitamos compasión. Necesitamos solidaridad. Necesitamos que la gente crea en nuestros derechos. Necesitamos que la gente esté de nuestro lado porque cree que debe estar de nuestro lado”.

Corona de flores sobre una fosa común debajo de una de las mezquitas del campo de Shatila.

Con el campo sobrepoblado, los residentes de Shatila han tenido que crear una fosa común debajo de una de las mezquitas para enterrar a sus seres queridos, ya que no hay otro lugar.

“Shatila tiene tres cementerios. En esos cementerios hemos olvidado a Dios, hemos olvidado nuestra tradición. Ponemos a los cuerpos muertos uno encima del otro porque no hay otro lugar donde enterrarlos. No está en nuestras manos. Tenemos que abrir las tumbas para poner más cadáveres”.

“Cuando cesaron los combates, empezamos a comprender el alcance de la masacre. En dos o tres días encontramos entre 1.500 y 2.000 personas que fueron asesinadas en pocas horas. Sentimos la magnitud de la catástrofe ahora más que antes; todo el mundo viene a preguntar sobre ella, después de muchos años. Es una herida para todos, pero sobre todo para las familias afectadas. Cuando casi lo hemos olvidado y empezamos a recuperarnos, la gente viene y reabre las heridas haciéndonos revivir la tragedia de nuevo”.

La sombría realidad de la vida en Shatila

Niños y niñas se reúnen en el Centro Infantil y Juvenil del campo de Shatila. El pequeño parque infantil a la entrada es el único espacio al aire libre del campo. El Centro es una ONG fundada en 1997 que sirve de salvavidas para mucha de la juventud más desfavorecida de Shatila y Nahr Al-Bared.

“Nunca, en 71 años hasta ahora, ha mejorado la vida de la población palestina. Siempre hay una nueva tragedia que enfrentar. Más personas han llegado en busca de refugio en Shatila; por ejemplo, en 2007, tras la tragedia de Nahr Al-Bared, y más recientemente durante la guerra en Siria. Así que cada vez encontrarás más y más gente viniendo a este campamento. Tratamos de trabajar todo lo que podemos con otras organizaciones asociadas para proporcionar protección y bienestar a estos niños y niñas, porque creemos que cuanto más vayan a la escuela, menos estarán en la calle. Así que tratamos de ayudarles a desarrollar conocimientos, talentos y pasatiempos, para darles la oportunidad de salir de las difíciles condiciones en las que viven”.

“Ningún niño o niña debería vivir en estas condiciones. Lloramos por nuestros hijos, sabemos lo que significa perder a tus hijos ante tus ojos […] Es el derecho humano a la igualdad. Si no hay derechos humanos universales, igualdad universal, entonces toma los principios de la Revolución Francesa y tíralos a la basura, porque no tienen valor”.

Niñas y niños sonríen a la cámara en el campo de Shatila.

“La población palestina en el Líbano es humillada, privada de sus derechos humanos, tras más de 70 años en este país. No queremos la ciudadanía, no queremos asentarnos, no queremos muchas cosas, sólo ser tratados como seres humanos. Somos hermanos, ellos [el gobierno libanés] deberían al menos darnos el derecho a trabajar, a tener una casa, el derecho a mudarnos”.

"En Siria, la población palestina refugiada tenía derecho a recibir atención médica, vivienda, educación, vida; todo era igual a la población siria. No se podía distinguir el acento palestino del sirio porque se sentían en casa. Mientras que aquí, conmigo, intentamos disfrazar nuestro acento palestino; la situación es muy diferente. Desde que llegamos hemos sido siempre, hasta cierto punto, no bienvenidos en este país”.

Como palestinas de Siria no somos reconocidas como refugiadas

Um Ahmed, madre de cinco hijos, habla sobre la adaptación a la vida en el campamento de Shatila. La familia fue expulsada del campo de refugiados/as palestinos/as de Yarmouk, en Siria, debido a la guerra civil que devasta el país desde 2011. Ellas, al igual que muchas personas refugiadas palestinas en Siria, fueron desplazadas por partida doble, y están luchando por adaptarse a las peores condiciones de los campos de refugiados del Líbano.

“Han pasado cinco años desde que dejamos Siria. Tengo tres hijos y dos hijas. Fue increíblemente difícil para ellos continuar su educación aquí en Líbano. Para ser honesta, cuando llegamos y vimos lo miserable que es la vida aquí, quedamos realmente conmocionados. La población palestina que vive en el Líbano enfrenta muchas dificultades, es oprimida y no reconocida. Nuestra miseria se duplicó cuando llegamos aquí; incluso ahora estamos tratando de integrarnos, pero nos cuesta.”

“No tenemos vida allá en Siria, debido a la guerra y al hecho de que mis hijos serán reclutados por la fuerza. Nadie, ningún país, ha ayudado a nuestra causa como refugiados palestinos de Siria. No podemos ir a Europa, no podemos volver a Siria. Somos un pueblo sin nación, y tuvimos que huir del país en el que buscamos refugio. La comunidad internacional, las ONG, apoyan a la población refugiada siria, le prestan ayuda, ya sea en forma de alimentos, refugio o asilo, aunque sean ciudadanos de un país; pero nosotras somos apátridas y estamos necesitadas. Nosotros, los refugiados palestinos de Siria, hemos sido desplazados por partida doble; no tenemos a nadie más, nadie nos aceptará, nos protegerá, educará a nuestros hijas ni les dará educación para que tengamos realmente la oportunidad de vivir. Tenemos derecho al refugio humanitario tanto como todas las demás personas“.

Dos de los nietos de Um Ahmed escuchan los que dice su abuela.

“Mis dos hijas están divorciadas, así que ellas y sus hijos viven conmigo ahora, porque sus maridos ya no podían mantenerlas. Si uno de mis nietos me pide algo, tenemos que tratar de explicarle que ahora mismo no tenemos dinero. Es difícil. Uno de mis nietos sufre de una enfermedad, pero UNRWA no puede ayudarnos porque no cubre todos los problemas médicos, sólo algunos específicos. La gente puede estar muriendo y aún así no conseguirá ayuda”.

“Mi hijo menor, de 19 años, odiaba vivir aquí en Líbano, no podía soportar la vida aquí y me dijo: ‘Prefiero morir que vivir en este país’. Le rogué que se quedara, porque si regresa a Siria lo interceptarán inmediatamente en la frontera. Pero él dijo: ‘Mamá, no me importa, no puedo vivir aquí en estas condiciones; si me agarran, me agarran, pero cualquier cosa es mejor que esto. La muerte es la muerte, dondequiera que estés’. Volvió a Siria y pasamos días preguntando por ahí, tratando de averiguar qué había pasado. Había sido interceptado y mantenido en la cárcel durante cinco días, y luego llevado a un campamento militar para servir en el ejército sirio. Ahora me llama llorando, arrepintiéndose de lo que hizo. Sólo es joven, no se dio cuenta.”

Uno de los hijos de Um Ahmed, Amjad, habló sobre su lucha por encontrar trabajo:

“He estado buscando trabajo durante un tiempo. Me he postulado a trabajos y me han dicho que sólo los libaneses pueden trabajar allí. El problema con este país es que, aunque intentes ganarte la vida, incluso con ayuda de la UNRWA, es imposible. La ley está en tu contra a cada paso: no puedes estudiar, no puedes trabajar; incluso si tienes certificaciones podrías también tirarlas, son inútiles”.

Mural que muestra la Cúpula de la Roca de Jerusalén.

Vivir la vida aferrándose a la esperanza de regresar.

Nahr Al-Bared

Nahr Al-Bared fue creado en 1949 por la Liga de Sociedades de la Cruz Roja para acoger a las y los refugiados palestinos que sufrían las difíciles condiciones invernales en el valle de Beqaa y los suburbios de Trípoli. Se calcula que unas 30.000 personas refugiadas viven ahora en el campo. En 2007, Nahr Al-Bared se convirtió en el centro del conflicto entre el grupo terrorista Fatah Al-Islam y el ejército libanés, que provocó la destrucción del campo de refugiados/as. Más de 27.000 personas quedaron sin hogar, lo que las dejó doblemente desplazadas.

12 años después, Nahr Al-Bared está todavía en reconstrucción

Más de un decenio después del conflicto de 2007 entre Fatah Al-Islam y el ejército libanés, UNRWA sigue reconstruyendo Nahr Al-Bared.

John Whyte, director del proyecto de reconstrucción de Nahr Al-Bared de UNRWA, dijo a MEMO:

“Había unos 150.000 artefactos sin estallar que fueron retirados; probablemente era el sitio más contaminado del mundo en ese momento.”

John Whyte, director del proyecto de reconstrucción de Nahr Al-Bared de UNRWA, frente a algunos de los edificios recientemente reconstruidos.

Las casas reconstruidas en Nahr Al-Bared están pintadas de colores brillantes, mientras que los callejones y las calles son mucho más amplios para permitir más luz y ventilación. Sin embargo, la gente dice que esto fue a costa del tamaño de cada apartamento y de las habitaciones.

“Este es un proyecto enorme. Son 5.000 familias… 21.000 personas. Es el proyecto más grande que ha asumido UNRWA en cualquiera de sus campos de operaciones; no sólo estamos construyendo un campo, sino que casi estamos reconstruyendo una ciudad o un pueblo grande”.

“Si has visitado algunos de los otros camps en el Líbano, te habrás dado cuenta de que están muy densamente poblados, tienen muy poca luz natural, muy poca ventilación […] Son algunos de los espacios más densamente poblados de la tierra [porque] los límites de los campos no han cambiado desde que se establecieron hace 70 años”.

Tras la destrucción del campo, la reconstrucción de Nahr Al-Bared ha permitido la edificación de viviendas pintadas de colores brillantes y de calles más anchas para permitir una mejor iluminación y ventilación en un espacio por lo demás densamente poblado. Sin embargo, los residentes dicen que esto se ha hecho a costa del tamaño de los nuevos apartamentos y de las habitaciones dentro de ellos.

“Una de las críticas que a menudo escuchamos de la comunidad es que los edificios son mucho más pequeños, los apartamentos son mucho más pequeños de lo que eran antes de la guerra. Eso es cierto, porque para que pudiéramos hacer calles más anchas, tuvimos que achicar el tamaño de los edificios. Eso significa que las habitaciones en muchos casos son más pequeñas”.

Una residente de Nahr Al-Bared sonríe a la cámara mientras acerca a su ventana un cubo de comestibles.

Una residente de Nahr Al-Bared mira desde su casa recién reconstruida hacia la calle de abajo.

“El tiempo que se ha tardado es obviamente un gran problema para muchas familias. Han esperado por 12 años, y desde 2015 no hemos podido pagar el subsidio de alquiler que solíamos darles a las familias. Entre, digamos, 2007-2015 le dimos a cada familia $150 por mes para permitirles pagar por un alquiler en los alrededores, pero ahora no tenemos dinero”.

A pesar de que se le ha dado una vivienda recién reconstruida, una familia refugiada ha tenido que abandonarla debido a la fuerte humedad, lo que la ha hecho inhabitable. El paso por la puerta deja al visitante bajo el abrumador olor de la humedad, que ha infestado gran parte de sus paredes.

“Éste es el duodécimo año desde que el campo fue destruido en 2007. Así que si lo vemos de esa manera, tal vez el progreso no sea tan bueno, porque cuando el campo fue destruido, y cuando celebramos la conferencia internacional de donantes en Viena en 2008, se asumió el compromiso de que el campo podría estar completo en un plazo de dos a cuatro años, es decir, alrededor del año 2011 más o menos. Así que, por supuesto, hemos fracasado en esto. Este proyecto ha sido extremadamente complicado por varias razones: físicas, políticas, económicas y logísticas”.

“El proyecto está siendo observado y monitoreado muy de cerca por el gobierno libanés, y le han puesto muchas trabas y restricciones”.

Desplazados por partida doble

Abu Wehbe (izquierda) y su hermano, ambos residentes en Nahr Al-Bared, fueron desplazados por partida doble tras los intensos combates que tuvieron lugar en el centro del campo en 2007. Abu Wehbe le dijo a MEMO:

“Salimos [de nuestra casa en Nahr Al-Bared] en autobuses que nos llevaron al campo de refugiados de Baddawi; nos distribuyeron y nos llevaron a una escuela de la UNRWA. Pasamos tres meses viviendo en esa escuela y luego nos trasladaron a una vivienda aquí. Era muy básica, no había electricidad, más de cinco familias vivían juntas en la misma casa. Aunque es mucho mejor ahora, porque estamos viviendo solos en este nuevo lugar. El cambio más grande es el tamaño: antes de la guerra de 2007, trece personas vivíamos en un pequeño apartamento; pero era aún más grande que este nuevo.”

Abu Wehbe nació en el Líbano en 1951, después de que a su padre le ordenaran que abandonara temporalmente su hogar en Sa’sa, cerca de Safad, en el norte de Palestina, en 1948. Se le dijo que esperara a que la guerra se calmara y luego podría volver a casa, pero terminó criando una familia en esta tierra extranjera. El hermano de Abu Wehbe intervino:

“Abu Wehbe es nuestro hermano mayor y sufre de diabetes. Debido a esto, su audición y memoria se han visto afectadas. Mi padre tiene 92 años y mi madre 88; actualmente viven conmigo porque ambos están enfermos. Mi madre es diabética y tuvo que someterse a una cirugía para el trasplante de sus arterias. El hospital que está asociado con UNRWA nos dio una probabilidad de éxito del 20%, mientras que otro hospital nos dio una del 75%, así que decidimos ir a ese hospital.”

“La UNRWA no financió la cirugía. La operación fue muy costosa, alrededor de 12.000 dólares, y mi madre contrajo la infección de Pseudomonas, que sigue sufriendo hasta hoy. Sus medicamentos diarios también son caros. Por ejemplo, una inyección cuesta $100 y todos los días necesita una dosis de una y media, es decir, $150. Así que en total, el costo mensual de sus medicamentos es de entre 2.000 y 2.500 dólares”.

Trabajo de base para una vida mejor

Conduciendo a través de un callejón estrecho en el campamento de Nahr Al-Bared.

Dos niñas asoman la cabeza mientras el coche de su familia conduce por una calle del campo de refugiados de Nahr Al-Bared.

Issa Al-Sayid es miembro del comité popular local de Nahr Al-Bared. Los comités populares se formaron para unir a las diferentes facciones de la comunidad refugiada y trabajar para satisfacer sus necesidades. El principal objetivo del comité popular de Al-Sayid ha sido la reanudación de la vida cotidiana tras la destrucción de Nahr Al-Bared.

“Nahr Al-Bared solía ser el epicentro económico del distrito de Akkar (al norte de Trípoli), pero, por supuesto, después de la guerra se ha convertido en el más pobre. Uno de nuestros mayores problemas aquí en el campo es el agua, que no se puede beber. Es demasiado salada, hasta el punto de que huele mal. Nadie se hace responsable de esto”.

“¿Cómo puede ser que yo, un refugiado palestino en el Líbano, esté lidiando tanto como la población palestina que vive sitiada en Gaza? Esencialmente, también vivimos bajo sitio, con puestos de control alrededor de nuestro campo. Como palestinos, estamos sometidos a constantes registros, porque se nos considera automáticamente una amenaza para la seguridad. Así que esto tiene un efecto sobre tu bienestar psicológico y tu confianza. Entonces, pon esto encima de la lucha para conseguir comida para tu familia y pagar la asistencia médica.”

Dibujo de una mujer con traje tradicional palestino pintado en una pared en las afueras de Nada, una ONG que fomenta el bordado tradicional palestino.

Una mujer palestina borda en tela un tapiz tradicional palestino que luego será vendido.

Exhibición de trabajos bordados.

MEMO también visitó la ONG “Nada por el bordado”, donde las mujeres estaban cosiendo frente a estantes con diferentes prendas y accesorios bordados. Las bordadoras palestinas a menudo utilizan sus habilidades de costura para producir artesanías inspiradas en la causa palestina. Los llaveros colgados en la tienda incluyen varios diseños específicos de las aldeas palestinas, mientras que otros mostraban la bandera palestina y otros símbolos de resistencia, como el niño Handala, una paloma blanca o el mapa de Palestina.

Nada Aziz Shehabi, fundadora de la ONG, dijo a MEMO:

“Empezamos de la nada. Este taller fue completamente destruido, no era un ambiente adecuado para vivir o trabajar. Así que la idea detrás del proyecto era empoderar a las mujeres de Nahr Al-Bared. Sin embargo, dar a las mujeres la opción de trabajar y obtener sus propios ingresos fue sólo una de las razones detrás del proyecto: también estamos mostrando nuestra identidad palestina y continuando nuestra cultura mediante la venta de nuestros productos. Esto ayuda a la gente a aprender sobre nuestro patrimonio, que se ha transmitido de generación en generación, para que siga estando presente tanto en nuestras mentes como en las suyas”.

Niños en el patio del centro infantil y juvenil de Azahir, en Nahr Al-Bared.

Tres niños juegan en la cancha del Centro infantil y juvenil Azahir en Nahr Al-Bared.

Dos niños que asisten al Centro infantil y juvenil Azahir en Nahr Al-Bared.

En otra ONG local, Nadine Ahmed Ali, de 21 años y residente de Nahr Al-Bared, enseña en los grados cuarto y quinto en el Centro Azahir del campo. Nos contó lo que el centro hace por los niños y niñas del campamento:

“Creamos este centro para los niños y niñas. El enfoque está en la juventud, que somos nosotras/os; necesitamos empoderar ante todo a la juventud, porque no tiene la oportunidad de expresarse, de trabajar, de aprender. En Líbano hay alrededor de 72 trabajos para los que no podemos ser contratados. Así que esto es mucha presión para nosotras/os como refugiadas/os […] Y no es una buena vida para vivir.”

Nadine Ahmed Ali (21), residente de Nahr Al-Bared.

“Lo que me lleva a hacer esto es que ya he tenido suficiente guerra, ya he tenido suficiente violencia. He visto gente perdiendo a sus hijos, he perdido a mi tío, he pasado por momentos difíciles, y otras personas también han luchado. Ya he tenido suficiente, estoy harta de esto. Tengo dos opciones: o me rindo, o puedo enfrentarlo de una manera positiva. Quiero ofrecer un modelo y un buen ejemplo a seguir.”

“Han pasado 70 años desde 1948, desde que dejamos Palestina. Veo a mi pueblo luchando por una buena causa, así que ¿por qué no soy una de ellos? ¿Por qué no peleo aquí? Aunque no estoy viviendo en Palestina y nunca he estado allí, espero ir algún día, y sé que eventualmente lo haré. Eso es lo que me mantiene creyendo en mi causa: que es mi derecho y quiero volver a mi casa. Lo sé.”

Un niño asoma la cabeza fuera de una camioneta en marcha.

Niños charlan y ríen en el camino de regreso de la escuela.

“Tanto la comunidad palestina libanesa como la palestina siria han vivido la guerra, por lo que los efectos de la guerra en estos niños y niñas son iguales. Las dos estuvimos hambrientas, no teníamos comida, no teníamos refugio. Las dos vivimos en la calle. Nosotras/os, como refugiadas/os palestinas/os en Nahr Al-Bared, después de la guerra, vivimos en escuelas. Vivimos en tiendas de campaña. Todos vivimos bajo estas duras condiciones”.

“Estamos tratando de encontrar cómo vivir en este ambiente. No rendirnos, no tener depresión, no decir que la vida no es nada, que todo está cerrado para nosotras. Estamos tratando de encontrar otras maneras de aprovechar [lo que tenemos] y ayudar a otras personas también”.

Mar Elias

El campo de refugiados/as de Mar Elias fue establecido en 1952 por el convento griego ortodoxo de Mar Elias. En 2002, había 1.406 personas refugiadas registradas que vivían en el campo.

Miembros del comité de jóvenes de Mar Elias se sientan alrededor de la mesa de reunión.

Un grupo de jóvenes que forman parte de la Unión de la Juventud Democrática Palestina quiso enviar un mensaje a la comunidad internacional: que la juventud palestina en el Líbano “es una sola mano”. Aunque tengan opiniones o políticas diferentes, la organización se enorgullece de su capacidad para unir a los jóvenes en los campos de refugiados bajo una sola bandera: ‘estar unidos en nuestra lucha por Palestina, por nuestra libertad y nuestro derecho al retorno’.

El presidente de la Unión de la Juventud Democrática Palestina, Yusuf Ahmed (centro).

Establecido hace unos años, el movimiento se propone abordar los numerosos desafíos a los que se enfrentan las y los refugiados palestinos que viven en Líbano. Yusuf Ahmed, presidente de la Unión de la Juventud Democrática Palestina, dijo a MEMO:

“Algunos pensaban que la tercera o cuarta generación de la diáspora palestina -que nació fuera de Palestina- habría olvidado o comprometido el derecho al retorno, pero la realidad es que estos jóvenes siguen firmes en esa ambición. Nuestro principal objetivo es lograr el derecho al retorno de los refugiados palestinos a su patria, y defenderlo.”

“Parte de nuestro programa consiste en resolver los problemas a los que se enfrentan los jóvenes palestinos que viven en los campos de refugiados; por ejemplo, luchar por el derecho al trabajo y a la educación, a los que el gobierno libanés les impide acceder. Hay un aumento significativo de jóvenes desempleados, lo que es realmente peligroso para el futuro de la comunidad refugiada en el campo. Por no mencionar los esfuerzos extremos de Estados Unidos para disuadir al resto de la comunidad internacional de donar y ayudar a la población refugiada palestina. Realmente hay una fuerte voluntad en el corazón de los jóvenes aquí frente a estos desafíos”.

Un joven llamado Ahmed, miembro del comité, hizo un llamamiento a la solidaridad internacional con la difícil situación de las y los refugiados palestinos:

“Realmente nos estamos muriendo, créeme que nos estamos muriendo. Todo el mundo tiene una historia. Si empiezo a hablar de nuestros problemas, no terminaremos hasta mañana”.

“Si alguien quiere apoyarnos, hay que presionar al gobierno libanés para que nos otorgue nuestros derechos humanitarios; esto es lo que necesitamos ahora. Yo, como joven palestino, no puedo sentarme con ustedes y desarrollar una estrategia sobre mi futuro y sobre lo que estoy soñando: sé lo que quiero. Yo creo que un día Palestina será libre”.

Otro miembro del comité, Younus, enumeró algunos de los retos a los que se enfrentan las y los refugiados palestinos en el Líbano, desde “las dificultades para acceder a la educación universitaria, el tener prohibido el acceso al 70 por ciento de los trabajos” hasta “no tener derecho a poseer cualquier propiedad, los puestos de control por los que tenemos que pasar al entrar y salir de determinados campos“, así como la dificultad para viajar sin tener pasaporte. “Pero a pesar de todo -dijo- somos un pueblo fuerte y nos mantendremos fuertes.

El hogar es donde está la vida

En la entrada del campo de Mar Elias, se destaca un mural que representa a una abuela palestina hablando con su nieto. El nieto dice: “Háblame del significado de ‘patria'”.

La abuela responde: “El significado de la patria es llevarla contigo, tal como ella te lleva a ti, y no importa cuánto hayas vivido en ella: ella vive dentro de ti. Son tus muertos, tu pan y tu sal. Cuando duermes, la pones en tu almohada contigo. Te despiertas por la mañana y la ves en tu café. El amor a tu patria viene del amor a tu Dios. Ve a ver a tu hermano Abu Akram en el campo de Beddawi y él te dirá el vínculo entre la patria y la religión. Él sabe el resto de la historia.”

En un salón lleno de jóvenes desafiantes frente a los numerosos obstáculos que se les presentan, surge la pregunta de cómo será el futuro de los miles de jóvenes palestinos/as que viven en los campos de refugiados/as del Líbano. Younus contestó:

“Para responder a tu pregunta, no vemos nuestro futuro aquí. Nuestros sueños no están en estos campos de refugiados. Nuestro sueño es volver a nuestras tierras en Palestina. Estos campos son como una parada en el camino hacia nuestra patria.”

Publicado en Middle East Monitor (MEMO) el 21/6/2919, con motivo del Día Internacional de las Personas Refugiadas. Fotografías y textos: Ferdous Al-Audhali.

Traducción: María Landi

Fuente: María Landi, Blog Palestina en el Corazón